martes, 10 de septiembre de 2013


Que llueva sangre de mi putrefacta corporalidad hasta que el dolor se vuelva hastío.
Que no quede nada de tristeza y que todo se vuelva placer.
Solo el dolor es real y el Dios-hecho-humano sabe bien sobre eso.
Redención, redimirse ante la estructura exacerbada de la sensoriabilidad de la materia.
Debo volver a introducir una y otra vez una piedra tosca y seca en mi cuerpo hasta que no haya más que sal y cuarzo rellenandome las venas retorcidas en un caótico desdén de emociones y libertad.

Alcanzando la gloria con ahínco lleno de fanatismo, llegaré a los brazos de la sangre hecha luz, la misma luz que cubrirá toda la tierra cuando mi alma se redima de la putrefacta historia del hombre y su ser.






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