lunes, 5 de mayo de 2014

El pañuelo de seda

La guerra ya había terminado, no había una sola persona que no tratara de reconstruir su hogar para las predecibles tormentas que se avecinarían sobre la ciudad, ya en el suelo producto de los incesantes bombardeos finales propinados por quienes querían obtener el oro que estaba escondido dentro de las calles adoquinadas del asentamiento, el cual ha sido avaluado no sólo por su valor comercial sino además de su valor arqueológico, pues acá residen muchos de los secretos de la vida, esos mismos que ayudan a las personas a tener un buen pasar y a superar el miedo a la muerte.

Yo tuve la suerte estar viviendo en un lugar apartado de la ciudad, donde no muchas cosas interesantes hay y donde nada trascendente sucede, más que un robo o la caravana de trabajadores que, día a día, salen de sus hogares al sonar la campanilla; pero sí, tengo esposa, una casa enorme donde caben muchas personas, un piano algo sucio pero aún con mucho por entregar, comida y abrigo. Tenía lo suficiente para sobrevivir a la crisis y lo logré, con algunas complicaciones pero supimos mantenernos en el tiempo y resistir las inclemencias mismas de la vida. Incluso mi jardín ya se ve mas alentador, lleno de flores, árboles y la escarcha que empieza a aparecer producto de la venida del invierno.

Tratábamos de volver a nuestras vidas y a la rutina. Todos trataban de concentrar sus energías en reconstruir lo que alguna vez fue esta hermosa ciudad llena de colores, la misma que sucumbió ante esos hombres que peleaban por cosas materiales y no por lo que realmente valía dar sus propias vidas. Escribí unos días, después del cese del fuego, varias cartas a mis familiares y amigos, la cual copié con mis manos muchísimas veces pues es mucha la gente que me preocupaba. Ya con la ciudad algo mas tranquila, me dirigí al correo estatal que estaba en el centro, pues necesitaba saber como estaba mi familia (que vivía en el otro extremo de la región) y qué cosas debía enviarles a toda esa gente que es dueña de mi preocupación.
Noté que aún me quedaba bastante dinero producto de las clases de música que entregué antes de la guerra, así que decidí recorrer los callejones, en búsqueda de algún lugar para comer. Encontré una pequeña cocinería, donde 3 mujeres casadas (sus anillos lo decían) trabajaban para llevar algunas monedas a su hogar. No dudé en comer allí púes los precios eran bastante accesibles, sobre todo tomando en cuenta la situación por la  que estábamos pasando. Compré un periódico para llevárselo a mi compañera, quien a veces cree que exagero las noticias que nos llegan.

Estando cerca de la catedral, me senté en un banco algo doblado y poco cuidado. Realmente, sí que habían sobrevivido muchísimas personas a la guerra y todos trataban de hacer algo para poder salir adelante. Me enfoqué en leer el periódico rápidamente pues pasaba mucha gente haciendo cosas diferentes por la calle, situación que me llamó la atención inmediatamente cuando me alerté sobre esto.. Entre todas esas almas sobrevivientes a la devastación, una chica joven y sutil se cruzó en mi mirada y pareciese como si había perdido todo lo que tenía. Le dirigí la palabra y le pregunté que problema tenía. Como ya es de costumbre, mis sospechas no erraron: había perdido su acogedora morada, su amplia familia y al joven que un par de años atrás la dejó y que partió a defender a los suyos con un rifle y la necesidad de cuidar y dar la vida por quienes lo rodeaban. Sí, ya no le quedaba absolutamente algo de todo lo que alguna vez fue su felicidad, a excepción de lo sublime de su belleza, un vestido blanco muy largo lleno de polvo, y su aguda mirada que gritaba por devolver el tiempo atrás. Su pelo negro estaba decorado con una cinta (de un genero parecido al de un pañuelo de seda) y ella no solía mirar mucho a los ojos mientras yo trataba de entender su situación.

Ella estaba desesperada y quería, al menos, volver a sentir la dicha de vivir. Le dije que me esperara en ese lugar hasta la tarde, pues tenía aun que enviar algunos sobres y tenía algo en mente.
Me apresuré lo más rápido posible en hacer mis trámites y llegar a casa, para hablar con mi compañera acerca de la pobre niña (y de nuestros familiares, claro).
Ya estaba por esconderse el sol detrás de ese gigantesco muro, pero logré llegar al centro en una carreta pública y, ante mi dudosa credibilidad, esta joven permaneció en este lugar. Le dí un bolso con algo de comida, muchos clavos y dos martillos, además de una chaqueta que mi mujer no usaba. Ella notó que mis manos estaban manchadas con tinta y usó un pañuelo tan suave como las estrellas para limpiarme la suciedad de mi instrumento de trabajo. Quedé levemente asombrado, pues ella me agradeció haber vuelto. Le pedí que me llevara donde estaba su antiguo hogar y caminamos varios metros hasta que llegamos a un sitio lleno de escombros, pero con la carcaza de lo que alguna vez fue el envase de su felicidad.
Un foco se prendió e iluminó todo el sector. Ahí entonces fue cuando decidí tratar de ayudarla en su cometido: tomé unas tablas que estaban algo empolvadas, las limpié y le pedí el bolso. En un abrir y cerrar de ojos, y ya saliendo el sol entre las amenazantes nubes, había un lugar donde ella podría descansar y refugiarse del frío y el aguacero, un lugar donde ya estaría a salvo y comenzar su nueva vida. Le pedí que no me diera las gracias, pues era común en mi poder tender una mano a quien lo necesitara. Aún así, ella tomo de entre sus ropas, el pañuelo con que me había aseado las manos y me pidió que lo abriera al salir el sol nuevamente después de la tormenta.

Me despedí amablemente y le regale uno de los sobres que había escrito para uno de mis familiares pues, con mi domicilio escrito en el reverso, era la única forma en que ella supiera encontrarme entre todo el caos de la reconstrucción. Tomé un carro antes de que la lluvia se dispusiera a limpiar el polvo de los edificios y los escombros, mas le pedí al cochero que no apurara el paso.
Llegué a mi hogar, y mi compañera agradeció mi gesto. Según ella, son esos detalles los que hace que yo siga siendo un hombre correcto, aunque para mi, es algo natural que todos deberiamos poder hacer.

Me senté en el piano que estaba en el salón principal cuando encontré mi bolso. Había olvidado el pañuelo de la señorita y lo dispuse a abrir apenas el sol tocase la nota principal del piano. Jamás en mi vida había visto una magia tan bonita como aquella: una hermosa melodía estaba escrita en el pañuelo e hizo sonar el Mi bemol, la misma melodía que usé en la última pieza musical que compuse sobre la guerra y la misma que me recuerda que, ahora, esa joven es una mujer exitosa y llena de vitalidad, así como ella comprendió inmediatamente las intenciones de los sobres que entregué. No es fácil a veces ganarse el cariño de otros o viceversa, pero ya descubrí que la amabilidad es una gran herramienta para encontrar a las personas que nos tenderán sus manos siempre que lo necesitemos.



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