jueves, 22 de mayo de 2014

Unchain the wolves

La única salvación, en ese entonces, era que el saliera corriendo del tronco de su hogar, su fría y pestilente morada, el lugar que le daba abrigo ante las adversidades de la vida salvaje dentro del bosque, los intentos fallidos, las noches de desesperación, su reflejo en la corteza más putrefacta de su nicho; ya no estaba a gusto allí pues solía colgar algún recuerdo de quienes habían sucumbido ante su raro convencimiento.
Estaba decaído, malhumorado, ya no quería seguir agregando humanos al listado de sus bocados, necesitaba algo diferente, fuera de lugar, algo que lo desquiciara y le volará el paladar por completo.
Así fue entonces como el lobo decidió ir en búsqueda de una nueva vida, dejar de lado sus viejas costumbres y encontrar algo nuevo, sin señal alguna de que su nueva misión tendría éxito o si realmente debió abandonar su árbol, su único compañero en muchos años.
El lobo comenzó a dar vueltas en círculos, llegando siempre al mismo punto donde inició su viaje y, enajenado reclamando contra Dios y su destino, decidió caminar de espaldas y avanzar de forma diferente, sin esperar nada a cambio de lo que progresivamente aparecía delante de sus amarillentos ojos. Fue ahí, en ese instante preciso, donde se vio devorándose a sí mismo, buscando una respuesta para algo que no existía.
Ya lo había encontrado, debía volver a ser el lobo y no más que un simple devorador de plagas.
"Decídete entonces y deja de balbucear!" se decía a sí mismo, enterándose de su único rol y de porqué el gozaba tanto derramar la sangre de quienes atravesaban su bosque.
Dejó de hacer circunferencias y raudamente se dirigió a la casa de la caperucita, derribó de una cuchillada ese portal que se veía algo seguro y la encontró, allí, dibujando un par de cuadros a su abuela. Lentamente se acercó a ella y clavó sus afilados dientes en su cuello, esperando a que su sangre brotara como una enorme catarata. La verdad, no había nada más gratificante para él que sentir la energía de la juventud rebozando sus cadenas y dejando que la sangre fluyese cual ráfaga de viento en Invierno, haciendo que el corazón de la joven estallase un mílisegundo, por el mismo impacto de sentir como se queman los trozos de carne desgarrados de su musculatura...
Sentía que estaba en la cima del mundo, no había nada que pudiese derribarlo ahora, mas no sabía que siempre hubo una cosa que era capaz de detenerlo: el lobo no le temía a la caperucita por su astucia de enfrentarse a él, ni sentía una gota de temor al cazador que la resguardaba y que el supuso que llegaría a rescatarla, no pudo entender que una sola mirada de ella. tan hipnotizadora como la serpiente que Caín quiso superar, podía provocarle tanto pavor, y no sólo a el, si no al efecto que ésta tenía sobre todas las criaturas del bosque.
No quedó más que eso, un cachorro lobezno minimizado ante la iris de una joven cautelosa que no quiso enviarle una señal al lobo para, digamoslo así, herirlo de forma inevitable.El lobo no titubeó y arrancó como pudo de tal lugar, aullando ante una luna llena que lo cargaría de energías para atacar nuevamente y, quien sabe, encontrar a su próxima presa.
Todos tenemos un lobo interior y salimos como flechas sin dirección a nuestra búsqueda, pero que no les quepa duda alguna que algunos son extremadamente arriesgados a la hora de ir a buscar su cena, más aun si tratan de parecer lobos y salen atemorizados corriendo, tal cual la oveja negra del rebaño trata de perder de vista a su trasquilador.




1 comentario:

  1. está buenísimo camilo , ya se viene la perspectiva de la caperucita ;)

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