lunes, 26 de mayo de 2014

Venganza

- ¿Que haces acá en mi cama, hombre imbécil y poco recatado?
- Vengo a cumplir lo que en tu cabeza sigue resonando cada mañana cuando despiertas...
- No te necesito
- Ni yo tampoco, pero sabemos que si necesitas de esto para sentirte viva y no será ningún otro más que yo el que te haga sentir la única dicha de la vida en un ademán de vaivén.


Recogí tu cuerpo desde la entrada de tu alcoba, sentía cada aroma de tu mundana existencia en cada milímetro de tu piel que mi lengua recorría. Tu suave y delicado uniforme se transformó en un asqueroso trámite para cumplir lo que ya sentías en tu cuello que iba a suceder. Tomé tu mano y con un gesto apresurado me la apretabas clamando piedad, mientras mis labios recorrían esa parte detrás de tus orejas que tanto te hacen temblar y que provocan nerviosismo hormonal a niveles ultrásticos. No aguantabas ni un segundo más en esa habitación, pero tus gemidos te obligaban a lanzarme de un descontrolado empujón a tu blando aposento y a sentarte en mis muslos, otra vez. Sabías que no era lo correcto, pero ya a esas alturas era imposible frenar una locomotora que no dejaba de quemar leños.
Mientras tratabas de hacerme creer que no sentías nada, mis ganas de callarte el pensamiento con las manos rodeando tu cintura se hacían evidentes; tratabas de arrancar cual niña asustada ve a un ebrio en la calle. No soportaste tu castigo inmenso y rajaste mi camisa en un santiamén; bajabas el resto de mi ropa usando tu corporalidad y no tus extremidades, imponiendo un poco de experiencia en el asunto y entregándote a mis placeres culpables. Ya no había ropa ni cama, sólo mi cuerpo frío y tu humanidad sudada encima de mi, mordiéndome todo lo que pudieses encontrar en mi ser, mientras una motosierra adornaba la situación con agógicas aceleradas y violentas. Ya no era solo placer, ahora deseabas desgarrar mi alma con tu entrepierna y humillarme, hacerme sentir inferior con la mirada jadeante de tus dedos y tu boca, no querías nada más que sentir durante toda la noche como me abrazabas con tu interior y como yo ya estaba siendo parte de ti.
Sangré de la boca por tus bocados, pero eso poco te preocupó y caíste en el flagelo de recolectar mi sangre y frotarla en tu espalda. Ya no era sólo un joven alocado pidiendo que, con tu azul radiante, callaras mi libido: era un esclavo, un hombre más que llevas al hombro cual cazador lleva en sus garras a un conejo destripado. Me destripaste por completo, conocías cada rincón de mi cuerpo y sabías que sucede cuando me miran de frente, mientras el vaivén de tus caderas liberaban esa electricidad en nuestros genitales de forma tan placentera como cuando bebes tu taza de café después del almuerzo. Ya no podíamos hacer nada más que movernos como un árbol resilente ante la brisa de la juventud. La luna no me dejó despegar mi lengua de tu seno, marcaba un camino predilecto entre el placer y la locura.
Acabaste por tenderte a un costado de mi, acariciando mi pecho como si fuese un animal recién domesticado, mientras con tu pierna derecha rozabas a mi pequeño peón. Sellaste mi mirada junto a la tuya y, entre risas y besos salvajes, tomaste mis ropas y las lanzaste al jardín. Jadeante, me quedé rondando tu alcoba, esperándote cada luna llena hasta el final de mis días de virilidad, y hasta que tu desees nuevamente atar al macho cabrío a tu templo y obligarlo a pecar como nadie más que tu sabe hacerlo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario