Todos los caminos conducían a Roma, la matriz del Imperio.
Hoy en día todos los caminos conducen a ti, reluciente sobre el cielo oscuro y frío, donde tus brazos se propagan exponencialmente a la velocidad de la luz.
Tu eres mi hogar, el lugar donde el alma puede descansar, donde el sol no es más que un simple festejo de los temerosos que despavoridos arrancan de las tinieblas que tanto nos gusta contemplar.
Tus sórdidas guitarras suenan al son de mi voz y mis tambores, ya sabes que sigue después de entregarle nuestras almas al demonio. Déjate de meditar sobre la existencia y pierde el miedo, rebelarte ante las leyes naturales es tu destino, sucumbe ante la locura de sentir las cadenas chocando contra el suelo.
Dame una maldita señal de que dejarías la vida cristiana y que me ayudarías a quemar este mundo lleno de mentiras; dime que sientes las mismas ganas de caer en el flagelo imperfecto de pecar y sufrir, de vomitar y destruir, dime que no hay mañana y que esta noche quieres vivirlo todo al mismo tiempo...
No dejes que el miedo a los fuegos eternos del infierno te corroa, pues ya estamos al menos hasta la mitad del camino hacia el profano imperio de Satanás Lucifer, el padre que nos vió nacer y el mismo que nos verá morir en placer sin una gota de arrepentimiento...
La luna llena sigue brillando...
PS: Gracias a todos por las más de 1000 visitas. Es un halago saber que leen un poco de mi "Arte" :)
- ¿Que haces acá en mi cama, hombre imbécil y poco recatado? - Vengo a cumplir lo que en tu cabeza sigue resonando cada mañana cuando despiertas... - No te necesito - Ni yo tampoco, pero sabemos que si necesitas de esto para sentirte viva y no será ningún otro más que yo el que te haga sentir la única dicha de la vida en un ademán de vaivén.
Recogí tu cuerpo desde la entrada de tu alcoba, sentía cada aroma de tu mundana existencia en cada milímetro de tu piel que mi lengua recorría. Tu suave y delicado uniforme se transformó en un asqueroso trámite para cumplir lo que ya sentías en tu cuello que iba a suceder. Tomé tu mano y con un gesto apresurado me la apretabas clamando piedad, mientras mis labios recorrían esa parte detrás de tus orejas que tanto te hacen temblar y que provocan nerviosismo hormonal a niveles ultrásticos. No aguantabas ni un segundo más en esa habitación, pero tus gemidos te obligaban a lanzarme de un descontrolado empujón a tu blando aposento y a sentarte en mis muslos, otra vez. Sabías que no era lo correcto, pero ya a esas alturas era imposible frenar una locomotora que no dejaba de quemar leños. Mientras tratabas de hacerme creer que no sentías nada, mis ganas de callarte el pensamiento con las manos rodeando tu cintura se hacían evidentes; tratabas de arrancar cual niña asustada ve a un ebrio en la calle. No soportaste tu castigo inmenso y rajaste mi camisa en un santiamén; bajabas el resto de mi ropa usando tu corporalidad y no tus extremidades, imponiendo un poco de experiencia en el asunto y entregándote a mis placeres culpables. Ya no había ropa ni cama, sólo mi cuerpo frío y tu humanidad sudada encima de mi, mordiéndome todo lo que pudieses encontrar en mi ser, mientras una motosierra adornaba la situación con agógicas aceleradas y violentas. Ya no era solo placer, ahora deseabas desgarrar mi alma con tu entrepierna y humillarme, hacerme sentir inferior con la mirada jadeante de tus dedos y tu boca, no querías nada más que sentir durante toda la noche como me abrazabas con tu interior y como yo ya estaba siendo parte de ti. Sangré de la boca por tus bocados, pero eso poco te preocupó y caíste en el flagelo de recolectar mi sangre y frotarla en tu espalda. Ya no era sólo un joven alocado pidiendo que, con tu azul radiante, callaras mi libido: era un esclavo, un hombre más que llevas al hombro cual cazador lleva en sus garras a un conejo destripado. Me destripaste por completo, conocías cada rincón de mi cuerpo y sabías que sucede cuando me miran de frente, mientras el vaivén de tus caderas liberaban esa electricidad en nuestros genitales de forma tan placentera como cuando bebes tu taza de café después del almuerzo. Ya no podíamos hacer nada más que movernos como un árbol resilente ante la brisa de la juventud. La luna no me dejó despegar mi lengua de tu seno, marcaba un camino predilecto entre el placer y la locura. Acabaste por tenderte a un costado de mi, acariciando mi pecho como si fuese un animal recién domesticado, mientras con tu pierna derecha rozabas a mi pequeño peón. Sellaste mi mirada junto a la tuya y, entre risas y besos salvajes, tomaste mis ropas y las lanzaste al jardín. Jadeante, me quedé rondando tu alcoba, esperándote cada luna llena hasta el final de mis días de virilidad, y hasta que tu desees nuevamente atar al macho cabrío a tu templo y obligarlo a pecar como nadie más que tu sabe hacerlo.
He aquí la historia de un joven que, por castigo divino y según cuenta el mito, fue condenado a no poder estar con su anhelada compañera nunca jamás o hasta que los dioses dejasen de existir. Verbrennung era un joven cualquiera, con aficiones, sueños, amigos, metas por cumplir, una joven vida de 25 años, un macho vigoroso, de mediana estatura pero de corazón pleno y siempre desarraigado de su propio bienestar para darle lo mejor de sí a la gente que lo rodeaba. Se caracterizaba por tener una larga cabellera blanca (herencia irrevocable de su padre), algo de barba y unos bigotes dibujados con el tronco de un árbol (sí, de esos bigotes que crecen hacia todos lados). No usaba más que harapos y piezas de metal, le importaba poco y nada el como se vestía pues, según él, la gente de su pueblo y los otros más cercanas se podrían vestir con lino y oro y seguirían apestando. Traía siempre consigo una cadena, una daga y algo de marihuana medianamente fresca para calmar sus ansiedades, las que surgían inexplicablemente durante todos los viajes que solía hacer y que solían atraparlo en largas reflexiones durante el día. Trabajaba como leñador y cazador junto a sus hermanos, tratando de sobrevivir en un mundo asediado por la sequía y las guerras. Verbrennug siempre fue de muchas amistades, un tipo bastante conocido en varios lugares (gustaba del viajar y conocer, solo o acompañado) y que solía frecuentar de vez en cuando a sus amigos más cercanos para compartir la dicha de estar vivo y, aprovechando las situaciones, ver si necesitaban ayuda con las labores que el podía realizar.
Así fue como, en un pasar de años, él conoció a una de las niñas más tiernas y queridas de su pueblo. Una joven alta (más que el al menos), de tes clara y de pelo negro, con unas manos delicadas y pequeñas como una semilla y con una voz inconfundible. Sin más preámbulos, se decidió a invitarla a tomar un paseo entre los cerros que rodeaban al pueblo y su petición no fue negada. Nargasaʾ era una mujer de buena familia, de mejor situación económica que la de Verbrennug pero eso no era problema para la joven ni para sus padres sino más bien, alababan que la inquieta joven pudiese compartir momentos gratos con un hombre humilde, de economía estable y de amplia cultura (Verbrennug sabía mucho de muchas cosas), pero por sobre todas las cosas, tan sincero y amable como sus amigos podían recomendarlo. Empezaron entonces a tener una relación de complicidad, de amor, mucha ternura y planes a futuro (de esos que la gente aun hace cuando de enamora), algo que con el pasar del tiempo era mucho más cercano y fértil; Verbrennug ganaba ahora más dinero del habitual y Nargasa' ayudaba a su hombre con los quehaceres de la sobrevivencia: lo ayudaba a cortar leños, aprendió de caza y su destreza con las espadas fue como ninguna mujer pudo hacerlo alguna vez. Estaban decididos y destinados a estar juntos por siempre, trabajando día a día por un mejor pasar en el mundo terrenal, pero acá ya es donde los dioses deciden intervenir puesto que, entre todas las profecías escritas, habidas y por haber, ninguna dictaba que ellos se inmortalizarían juntos.
El Dios más grande en la cultura de nuestros jóvenes quiso castigar a Verbrennug por su insolencia ante el destino,por lo que, para dar un castigo ejemplar a él y todos los humanos, convirtió los brazos del joven en dos rafagás de viento muy frío para que no pudiese cortar leña, ni cazar ni abrazar a Nargasa. Ante este castigo, Nargasa' quiso sacrificarse y decidió de por vida dedicarse a atender al joven en lo que el necesitara. Semanas más tarde, encolerizado por la desfachatez de la mujer, el Dios Supremo quiso revertir la situación y le privó de los ojos y los labios a Verbrennug, convirtiéndolos en piedras y espinas, respectivamente. "¡Por fin habrán de entender que el destino lo firmamos nosotros!" señalaba la deidad, sumida en su omnipresencia . Sin embargo, la joven no lo abandonó y procuro velar por su vida inclusive teniendo que ofrecer su vida a los dioses. Ante tal gesto de amor, una horda de sirvientes apareció en la puerta del pequeño hogar de los héroes, en caballerías aladas y con armaduras tan brillantes como cuando el sol alumbra en el norte. Un noble caballero, de voz suave y penetrante abrió la puerta de entrada y se dirigió a ellos: "Nosotros perdonamos esta grave falta al destino, pues, aunque ya sólo queden restos del cuerpo de ti,sabremos que ella siempre te acompañará. Ella no es con quién debes alcanzar la inmortalidad, sino más bien la mujer que vive lejos de acá, esa misma a la que alguna vez conquistaste siendo sólo tu y nadie más que tú". Sorprendido ante esta situacion, Verbrennug le pidió al brillante caballero un momento a solas, afuera, donde caía la nieve y mientras el brillo del jinete iluminaba todo el sector, cual aurora boreal dignifica las noches maravillosas de la gélida estación. Abriendo las espinas de sus labios, Verbrennug trató de respirar profundo, sus espinas se abrieron y logró sentenciar:
"Yo esperé durante todos estos años a esa joven de la que hablas, cálida y celestial, una flor que nace en invierno y que nunca deja de brillar. La misma mujer a la que socorrí en mi pasado y que se ha ganado mi amor eterno de alguna forma bien especial. Pero, mi querido amigo, aún sigo esperando la señal que me haga sentir que debo tomar el primer caballo que encuentre y partir. Todos los días suceden y cada gesto que hay en mi vida es un reflejo de lo que siempre pudimos construir con la mujer de la que me hablas. Han sido años muy fríos, llenos de soledad y angustia, pero Nargasa' ha sabido cuidar de mí como nunca nadie lo hubiese hecho. ¿No sería entonces una locura tomar mi rumbo hacia el norte y dejar todo lo que me han entregado acá? No puedo dejar a esta bella mujer sola, pues no hay nadie que pueda tomar mi lugar, cuidarla como nunca lo supe hacer y entregarle su vida como ofrenda."
Con el caballero reluciente deslumbrado ante la situación, el mas grande de los dioses apareció en forma de pripkake, el más colorido y despampanante que alguna vez alguien haya visto. Lentamente empezó a derretirse y, mientras tal hecho sucedía, sonaba una voz muy dulce, como si un ángel tocara la melodía más hermosa del universo. Se escuchaba muy tenue pero claro:
"¿Y así que has de desafiarme? Bueno, tendré que hacerles entender que los sacrificios valen la pena cuando son con verdaderas intenciones. No hiciste caso a mi llamado ni a tu profecía, no quisiste perder el miedo de no encontrar nada si es que salías de tu hogar e ibas en búsqueda de tu ninfa. El miedo fue mi mayor señal y tu no supiste jamás superarlo. Aprenderás ahora que deberás perder el miedo siempre, pues si la gloria de la inmortalidad quieres alcanzar, deberás sacrificarlo todo por la más noble de las intenciones: tu hogar será por siempre un castillo de hielo que no entumezca la carne y tu mujer concebirá a una hermosa criatura, idéntica a la mujer que no quisiste rescatar de su angustia, con su misma cabellera, sus manos, los mismos pies pequeños que delatan su refinada alma, esos ojos claros como el hielo en el que me he convertido ahora y con la misma voz dulce que estoy entonando, los únicos recuerdos que tendrás de ella. ¡Y a tí te tocará mucho más! Te privo eternamente la capacidad de llorar y expresar tu pena, pues has derrochado tus emociones y ya no mereces tan preciada habilidad..."
Y el ente se derritió completamente, dejando el sabor más dulce en el agua que nunca pudo haber sobre esas tierras...
La única salvación, en ese entonces, era que el saliera corriendo del tronco de su hogar, su fría y pestilente morada, el lugar que le daba abrigo ante las adversidades de la vida salvaje dentro del bosque, los intentos fallidos, las noches de desesperación, su reflejo en la corteza más putrefacta de su nicho; ya no estaba a gusto allí pues solía colgar algún recuerdo de quienes habían sucumbido ante su raro convencimiento. Estaba decaído, malhumorado, ya no quería seguir agregando humanos al listado de sus bocados, necesitaba algo diferente, fuera de lugar, algo que lo desquiciara y le volará el paladar por completo. Así fue entonces como el lobo decidió ir en búsqueda de una nueva vida, dejar de lado sus viejas costumbres y encontrar algo nuevo, sin señal alguna de que su nueva misión tendría éxito o si realmente debió abandonar su árbol, su único compañero en muchos años. El lobo comenzó a dar vueltas en círculos, llegando siempre al mismo punto donde inició su viaje y, enajenado reclamando contra Dios y su destino, decidió caminar de espaldas y avanzar de forma diferente, sin esperar nada a cambio de lo que progresivamente aparecía delante de sus amarillentos ojos. Fue ahí, en ese instante preciso, donde se vio devorándose a sí mismo, buscando una respuesta para algo que no existía. Ya lo había encontrado, debía volver a ser el lobo y no más que un simple devorador de plagas. "Decídete entonces y deja de balbucear!" se decía a sí mismo, enterándose de su único rol y de porqué el gozaba tanto derramar la sangre de quienes atravesaban su bosque. Dejó de hacer circunferencias y raudamente se dirigió a la casa de la caperucita, derribó de una cuchillada ese portal que se veía algo seguro y la encontró, allí, dibujando un par de cuadros a su abuela. Lentamente se acercó a ella y clavó sus afilados dientes en su cuello, esperando a que su sangre brotara como una enorme catarata. La verdad, no había nada más gratificante para él que sentir la energía de la juventud rebozando sus cadenas y dejando que la sangre fluyese cual ráfaga de viento en Invierno, haciendo que el corazón de la joven estallase un mílisegundo, por el mismo impacto de sentir como se queman los trozos de carne desgarrados de su musculatura... Sentía que estaba en la cima del mundo, no había nada que pudiese derribarlo ahora, mas no sabía que siempre hubo una cosa que era capaz de detenerlo: el lobo no le temía a la caperucita por su astucia de enfrentarse a él, ni sentía una gota de temor al cazador que la resguardaba y que el supuso que llegaría a rescatarla, no pudo entender que una sola mirada de ella. tan hipnotizadora como la serpiente que Caín quiso superar, podía provocarle tanto pavor, y no sólo a el, si no al efecto que ésta tenía sobre todas las criaturas del bosque. No quedó más que eso, un cachorro lobezno minimizado ante la iris de una joven cautelosa que no quiso enviarle una señal al lobo para, digamoslo así, herirlo de forma inevitable.El lobo no titubeó y arrancó como pudo de tal lugar, aullando ante una luna llena que lo cargaría de energías para atacar nuevamente y, quien sabe, encontrar a su próxima presa. Todos tenemos un lobo interior y salimos como flechas sin dirección a nuestra búsqueda, pero que no les quepa duda alguna que algunos son extremadamente arriesgados a la hora de ir a buscar su cena, más aun si tratan de parecer lobos y salen atemorizados corriendo, tal cual la oveja negra del rebaño trata de perder de vista a su trasquilador.
Sólo quiero ser humo y tu el viento que baila en mi cintura, el que desfigura mi rostro en ascuas de liberación hormonal. Golpea mis entrañas con tus muslos tantas veces como puedas sobrevivir a este ritual con motosierras, cadenas y escarcha sobre nuestro momentáneo aposento. Baise moi, como nunca lo habías hecho antes, ingiere cada trozo malévolo de mi ser y hazlo parte de ti, confundete entre mis piernas y déjame apretar tus muslos hasta que sangres de placer...
Sé que quise olvidarte de mi piel, de mis recuerdos, de mis dulces manos que te hacen cosquillas y de mis ojos que te conmocionan aún; quise extirparte de mi racconto, mas aún me queda rendirme a querer invocar tu lengua afilada y tus dientes aferrados a mi hombro, mientras descargas tu ira contra la opresión en mis brazos y me haces sentir parte de tu emancipación, el más puro sentimiento de libertad y despreocupación social...
Acá estoy, siempre estuve y no dejaré de estar; no existe forma de negarse el cielo al sol, el pasto al carnero y, menos aún, negarle la fragancia más dulce que existe en este prado: el aroma que sale de tu cuerpo cuando se bate en guerra. No quiero causar conflictos bélicos, pero deshechar la moral y la ética por unos instantes nunca ha dejado de ser una opcion...
El sexo es una batalla, el amor es guerra.
¿Wollt ihr in haut und haaren untergehen? ihr wollt doch auch das blut vom degen lecken...
La guerra ya había terminado, no había una sola persona que no tratara de reconstruir su hogar para las predecibles tormentas que se avecinarían sobre la ciudad, ya en el suelo producto de los incesantes bombardeos finales propinados por quienes querían obtener el oro que estaba escondido dentro de las calles adoquinadas del asentamiento, el cual ha sido avaluado no sólo por su valor comercial sino además de su valor arqueológico, pues acá residen muchos de los secretos de la vida, esos mismos que ayudan a las personas a tener un buen pasar y a superar el miedo a la muerte.
Yo tuve la suerte estar viviendo en un lugar apartado de la ciudad, donde no muchas cosas interesantes hay y donde nada trascendente sucede, más que un robo o la caravana de trabajadores que, día a día, salen de sus hogares al sonar la campanilla; pero sí, tengo esposa, una casa enorme donde caben muchas personas, un piano algo sucio pero aún con mucho por entregar, comida y abrigo. Tenía lo suficiente para sobrevivir a la crisis y lo logré, con algunas complicaciones pero supimos mantenernos en el tiempo y resistir las inclemencias mismas de la vida. Incluso mi jardín ya se ve mas alentador, lleno de flores, árboles y la escarcha que empieza a aparecer producto de la venida del invierno.
Tratábamos de volver a nuestras vidas y a la rutina. Todos trataban de concentrar sus energías en reconstruir lo que alguna vez fue esta hermosa ciudad llena de colores, la misma que sucumbió ante esos hombres que peleaban por cosas materiales y no por lo que realmente valía dar sus propias vidas. Escribí unos días, después del cese del fuego, varias cartas a mis familiares y amigos, la cual copié con mis manos muchísimas veces pues es mucha la gente que me preocupaba. Ya con la ciudad algo mas tranquila, me dirigí al correo estatal que estaba en el centro, pues necesitaba saber como estaba mi familia (que vivía en el otro extremo de la región) y qué cosas debía enviarles a toda esa gente que es dueña de mi preocupación.
Noté que aún me quedaba bastante dinero producto de las clases de música que entregué antes de la guerra, así que decidí recorrer los callejones, en búsqueda de algún lugar para comer. Encontré una pequeña cocinería, donde 3 mujeres casadas (sus anillos lo decían) trabajaban para llevar algunas monedas a su hogar. No dudé en comer allí púes los precios eran bastante accesibles, sobre todo tomando en cuenta la situación por la que estábamos pasando. Compré un periódico para llevárselo a mi compañera, quien a veces cree que exagero las noticias que nos llegan.
Estando cerca de la catedral, me senté en un banco algo doblado y poco cuidado. Realmente, sí que habían sobrevivido muchísimas personas a la guerra y todos trataban de hacer algo para poder salir adelante. Me enfoqué en leer el periódico rápidamente pues pasaba mucha gente haciendo cosas diferentes por la calle, situación que me llamó la atención inmediatamente cuando me alerté sobre esto.. Entre todas esas almas sobrevivientes a la devastación, una chica joven y sutil se cruzó en mi mirada y pareciese como si había perdido todo lo que tenía. Le dirigí la palabra y le pregunté que problema tenía. Como ya es de costumbre, mis sospechas no erraron: había perdido su acogedora morada, su amplia familia y al joven que un par de años atrás la dejó y que partió a defender a los suyos con un rifle y la necesidad de cuidar y dar la vida por quienes lo rodeaban. Sí, ya no le quedaba absolutamente algo de todo lo que alguna vez fue su felicidad, a excepción de lo sublime de su belleza, un vestido blanco muy largo lleno de polvo, y su aguda mirada que gritaba por devolver el tiempo atrás. Su pelo negro estaba decorado con una cinta (de un genero parecido al de un pañuelo de seda) y ella no solía mirar mucho a los ojos mientras yo trataba de entender su situación.
Ella estaba desesperada y quería, al menos, volver a sentir la dicha de vivir. Le dije que me esperara en ese lugar hasta la tarde, pues tenía aun que enviar algunos sobres y tenía algo en mente.
Me apresuré lo más rápido posible en hacer mis trámites y llegar a casa, para hablar con mi compañera acerca de la pobre niña (y de nuestros familiares, claro).
Ya estaba por esconderse el sol detrás de ese gigantesco muro, pero logré llegar al centro en una carreta pública y, ante mi dudosa credibilidad, esta joven permaneció en este lugar. Le dí un bolso con algo de comida, muchos clavos y dos martillos, además de una chaqueta que mi mujer no usaba. Ella notó que mis manos estaban manchadas con tinta y usó un pañuelo tan suave como las estrellas para limpiarme la suciedad de mi instrumento de trabajo. Quedé levemente asombrado, pues ella me agradeció haber vuelto. Le pedí que me llevara donde estaba su antiguo hogar y caminamos varios metros hasta que llegamos a un sitio lleno de escombros, pero con la carcaza de lo que alguna vez fue el envase de su felicidad.
Un foco se prendió e iluminó todo el sector. Ahí entonces fue cuando decidí tratar de ayudarla en su cometido: tomé unas tablas que estaban algo empolvadas, las limpié y le pedí el bolso. En un abrir y cerrar de ojos, y ya saliendo el sol entre las amenazantes nubes, había un lugar donde ella podría descansar y refugiarse del frío y el aguacero, un lugar donde ya estaría a salvo y comenzar su nueva vida. Le pedí que no me diera las gracias, pues era común en mi poder tender una mano a quien lo necesitara. Aún así, ella tomo de entre sus ropas, el pañuelo con que me había aseado las manos y me pidió que lo abriera al salir el sol nuevamente después de la tormenta.
Me despedí amablemente y le regale uno de los sobres que había escrito para uno de mis familiares pues, con mi domicilio escrito en el reverso, era la única forma en que ella supiera encontrarme entre todo el caos de la reconstrucción. Tomé un carro antes de que la lluvia se dispusiera a limpiar el polvo de los edificios y los escombros, mas le pedí al cochero que no apurara el paso.
Llegué a mi hogar, y mi compañera agradeció mi gesto. Según ella, son esos detalles los que hace que yo siga siendo un hombre correcto, aunque para mi, es algo natural que todos deberiamos poder hacer.
Me senté en el piano que estaba en el salón principal cuando encontré mi bolso. Había olvidado el pañuelo de la señorita y lo dispuse a abrir apenas el sol tocase la nota principal del piano. Jamás en mi vida había visto una magia tan bonita como aquella: una hermosa melodía estaba escrita en el pañuelo e hizo sonar el Mi bemol, la misma melodía que usé en la última pieza musical que compuse sobre la guerra y la misma que me recuerda que, ahora, esa joven es una mujer exitosa y llena de vitalidad, así como ella comprendió inmediatamente las intenciones de los sobres que entregué. No es fácil a veces ganarse el cariño de otros o viceversa, pero ya descubrí que la amabilidad es una gran herramienta para encontrar a las personas que nos tenderán sus manos siempre que lo necesitemos.