Llevo cerca de 1 año tratando de terminar una obra extensa, llena de matices, músicas "distintas" y otros elementos para-musicales que, paradojalmente, intervienen irremediablemente en la construcción musicológica de mi sonata.
Es la música más pura, sin intenciones políticas ni sociales, solo viscerales, que contestan inequívocamente a las sensaciones mas naturales de un ser humano durante su vida.
¿Y no es acaso la música la representación máxima de la emoción y la afectividad del ser humano? Expresa rabia, ira, sexualidad, irascibilidad, paz, plenitud, una coda perfecta para cerrar con broche de oro el catarsis hormonal. Seguro Beethoven o Schumann entendieron esto a la perfección y toda su música cae en los recovecos de todo lo que le quisieron hacer a sus musas inspiradoras o la pasión misma de ser padres y dejar un legado en este anárquico mundo. Tan ilegible y transgresora como un rostro azotado contra una roca; tan sublime como la asunción del alma del Buddha supremo; tan exaltante como un beso en la adolescencia...
Yo voy a lo mismo ahora, con mi pluma en mano, trazandome mil y un líneas esperando a que aquella voz (que es tan dulce e inconfundible para mis mas perceptibles oídos) cante con su mano cada una de las notas que en mi cuerpo yacen quemadas con la misma pasión que siento al tocar los compases iniciales de ésta, ahora, mi Tempestad.
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