En mi casa, salvo un montón de platos sucios y un trío de aves que siempre se resguardan entre las maderas, no hay nadie ni nada más que yo. A veces recibo a unas pocas personas que se pierden en el bosque y ayudo a que recuperen su rumbo, así como el padre Tiempo y la condesa de los hielos vienen a mi morada sólo para recordarme de lo que no fui capaz de concluir en mi pasado y que en algun momento tendré que enfrentarme a lo que nunca quise hacer.
Mientras Don Segundos y la Dama Fría conversaban sobre mi situación, ayer el péndulo del reloj asintió con la cabeza mientras nos decía:
- El destino siempre se encarga de hacer que las personas se limpien el espíritu. Mira a tu alrededor y lee tu entorno, date cuenta de porqué están pasando las cosas...
¡Cuanta razón tenía el maldito péndulo!
Es como si este desgraciado perfecto e imperecedero hubiese calculado mi accionar durante todos estos años y me estuviera recriminando sutilmente mi innegable cobardía por aquellos entonces. Sin duda, nunca vi tan lejos la oportunidad de encontrar nuevamente el cielo. En ese momento, la Condesa me invitó a tomar su mano y sentir una ventisca tan fría como la muerte misma, fue entonces allí donde me di cuenta que algo debía hacer por mi paupérrima situación.
Cogí entonces mi chaqueta, mi hacha y al abrir la puerta, recordé que había una carta que nunca quise enviar a mi reina del invierno, esa misma a quién no me decidí afrontar cuando era joven y que me hacía sentir en el
mismísimo cielo. Han pasado los años desde esas fuertes emociones y no sé como resultará mi intento por ganar la batalla al cielo, sólo sé que dentro de mi las esperanzas nunca desaparecieron y que sólo necesito sentir esa brisa cálida de su boca y un ademán gracioso en mi espalda de sus manos blancas como la nieve. Sí, la misma nieve que me rodeó durante largos años de soledad. La misma armadura helada que ella tenía y que la arpía de la incertidumbre no dejó que derritiera esa coraza de cristal.
Espero que ustedes también deseen que con el calor de mis brazos pueda derretir ese gigantesco ataúd de hielo que conservó la felicidad intacta para mi, para ella, por nosotros y el cielo que nos espera brillando en la inmensidad y la gloria de lo eterno.
Espero que ella siga allí esperando a que, juntos, encontremos nuestro viaje al lugar más puro del universo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario