martes, 15 de octubre de 2013

Lo que las ruinas de un Imperio en llamas dijeron antes de volverse polvo

Veo mi localizador todos los días antes de dormir en la habitación de mi nave espacial, busco mensajes en los laberintos de un libro que aun no se termina de escribir, escucho melodías disonantes, inarmónicas y atonalmente exhuberantes dentro de una sonata para un piano desafinado, sonata que siempre escucho cuando el viaje se hace eterno.
Ese es el gusto amargo que dejó en mi boca el ver las ruinas de una ciudad que iba en progreso de la perfección, la misma emergente ciudad que el nuevo Nerón decidió saquear y quemar cada rincon de sus maravillosas construcciones, como si estuviese jugando con nuestras vidas cual niño juega a quemar hormigas con una lupa.
¿De qué sirve un campo sin flores, un bosque sin animales, un cuaderno sin textos, una música llena de silencios, una vida sin tensiones? Es lo mismo que me pregunto ahora, cuando ya todo ha caído.

Las promesas no se rompen ni se moldean a conveniencia, y lo que el emperador prometió debe cumplirse, porque en cualquier momento la plebe se rebela contra la mano que nunca le dió de comer




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