lunes, 7 de octubre de 2013

050520:06

"Había tocado ya el timbre que anuncia la salida y, en un gesto apresurado, salí corriendo de mi encierro hacia un lugar bastante concurrido y fue ahí cuando me decidí a buscarla y declararle mi incondicionalidad.
Era un viernes de esos solitarios otoños, de esos llenos de viento y hojas; pasé a comprar un girasol lleno de vida y caminé felizmente bajo la lluvia que caía sobre Santiago, una lluvia torrencial que sabía que no iba a detenerme en mi cometido, pues ya tenía clara mis convicciones y sabía que era lo que tenia que hacer, fuese cual fuese el desenlace.
Me apresuré en tomar el Metro de vuelta a un gran parque, donde sabía que podría encontrarla. Iba escuchando musica en un Personal Stereo y fumaba como si fuese un hombre viejo, disfrutando cada inhalación de humo en cada paso. Una niña me sonreía mientras subí las escaleras, como si de tan solo mirarme hubiese sabido que yo iba a ganar la apuesta que la ruleta me estaba haciendo.
Subí las escaleras de la estación y seguía lloviendo, aunque algo mas tenue y con un viento frio y desgarrador. Tome un lapiz y mientras caminaba escribi en una tarjeta una pequeña frase:

- Acá estoy y ya no tienes que buscar más

¡Eso era! Ella no tendría que buscar ni esperar a nadie más, porque había llegado yo y, con mi cariño, bastaba para ser felices. No iban a existir mas penas, ni soledad y menos aun desconciertos, solo un envolvente calor que la haría sentir siempre en casa.
Me apresuré y la busqué entre los árboles y las rejas, cuando logré divisarla. Para mi inocencia, creí que todo iba a salir bien. Empecé a acercarme lentamente, casi como un zorzál timido que le quita el alimento a un grupo de palomas, y en ese momento fue cuando me decidí a lanzar el girasol lo más alto posible mientras quemaba la tarjeta en la que había escrito: ella no estaba sola, había alguien más en sus brazos y yo llegue algo tarde al instante de poder tomar lo que quería que fuese ese mi momento .
No escatimé un segundo en lo que sentía, pero la lluvia y el viento se llevó el girasol y la tarjeta tan rápido como las palabras que habían salido de su boca marchita.
Di media vuelta, saqué un papel arrugado de mi bolsillo y escribí una frase que jamás volveré a olvidar:

"No importa cuanto nos demoremos, ni cuantos sucesos existan en nuestras vidas, porque lo único que importa es tener paciencia, mirar con el corazón y aprender. Sólo nosotros sabremos cuan importante es esperar a alguien y sólo nosotros sabremos escojer la llave precisa para detener el tiempo a tiempo"

Y así fue. Yo esperé lo suficiente, pero ella no supo de paciencia.
Tome mis audífonos y me fui caminando a mi casa, no derrotado, sino más bien conforme de no haber cometido un error innecesario. Aunque debo decirlo, el único error de ese día fue no haber salido más abrigado porque no sabía que, por esperar tanto, iba a llegar a mi casa totalmente empapado".

«Historias inexistentes para hombres prescindibles», cap. III



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