No había mucha gente en aquel lugar donde te divisé, era un caos tan
organizado que a ratos me daba susto pensar en lo que podría venir después. Te secuestré con la mirada y fuimos detrás de un gigantesco árbol, infestado en insectos y
ruidos, pero logramos bajar a un lugar
quieto y sereno, donde a ligeros momentos, entre los gritos y los estruendos
carnavalescos del bosque que habíamos dejado atrás, pude sentarme y contemplar
tu risa infantil y nerviosa. Me senté a tus pies, te miré con cara de hereje,
con mis dientes logré abrir los grilletes de tus manos y dejé que tu nariz me
acariciara el pelo. Con sólo ver como tus muñecas
respiraban, entendí que estabas siendo liberada de un cautiverio autoimpuesto,
tan libre como yo siempre me he sentido.
Mi piel se impregnó en la tuya durante un álgido duelo intermitente entre los instintos y la supremacía decaída de la opresora lógica. Lentamente tu gama aromática (imperceptible para muchos, pero tan exclusiva para mi) empezó a volverse intensa, casi como si hubieses volteado un tambor petrolero lleno de perfume sobre mí. Se mimetizó en mis hedores y en cada rincón de mi cuerpo, acabando por tornarse familiar y quizás necesario. Te aceché con frenesí y con ese esquizofrénico ademán de depredador piadoso, así como el lobo iracundo intenta abordar y devorar mordida a mordida a la versión más sucia de la caperucita. Te rogaba caricias, mordidas y otros gestos poco decorosos, los mismos que nos quemaron y que terminaron por extirpar ese festival veraniego de hormonas en ebullición, las mismas sensaciones que el cazador del bosque reprimió a la fuerza y que, después de mil intentos, el lobo logró liberar.
Ambos lo sabíamos: la caperucita debía arrancar de las garras inimitables del lobo, quién solo se quedo, con parte de su cabellera larga y sedosa, sediento de exhumar culpas y deseos.
La despedida no fue menor; quiero volver a ti, volver a ser una desencadenada criatura, volver a ser nosotros, al vicio retorcido de tu cuerpo, a jugar otra vez al lobo y a la caperuza del color que sea. No me niego a compartir tu carne con otro animalejo, porque quiero que me des la posibilidad de romper otra vez los mismos grilletes (que ahora están en mis brazos y piernas) y que me amarran a la odiosa idea de querer tu piel para mí, para vestirme con ella cuando la noche se tienda en el bosque. Quizás es mi mente retorcida la que me juega sucio y me hace bromas cada vez que erro en mis conclusiones sobre ti y tus verdaderas intenciones, lo que te rodea y todos los malditos olores y sonidos que me recuerdan esa libertad exacerbada en juventud anárquica. No quiero creer que juegas al mismo castigo placentero con otro esbirro y que él te muerda el cuello así como yo lo supe hacer. Cada día que pasa, tú te deshaces más de mis pelos y mi aroma sin siquiera darte cuenta, maldita suripanta. Todo se vuelve efímero y a la vez eterno. Esa misma eternidad que me hiciste sentir cuando tus flores se grabaron en mis ventosas garras hace ya un tiempo.
A fin de cuentas, todos sabemos que si la caperucita se arrancó de su trágico destino fue por el innegable hecho de que no quería aprender su lección y tomó el camino más corto posible para no volver a caer en los susurros de una voz ronca y putrefacta.
Y esta vez, reprimirá el ineludible pavor que traen las sorpresas y volverá a tomar su ruta prima para no encontrarse con el Lobo. Mas siempre el Lobo sabe algo más del bosque que ella, y encontrará en base a atajos la forma de encontrar y desgarrar salvajemente la tranquilidad de la jovencita, pues ya no teme del cazador ni de sus cuchillas, sea quien sea quien la lleve al final del camino.
«Historias inexistentes para hombres prescindibles»
Mi piel se impregnó en la tuya durante un álgido duelo intermitente entre los instintos y la supremacía decaída de la opresora lógica. Lentamente tu gama aromática (imperceptible para muchos, pero tan exclusiva para mi) empezó a volverse intensa, casi como si hubieses volteado un tambor petrolero lleno de perfume sobre mí. Se mimetizó en mis hedores y en cada rincón de mi cuerpo, acabando por tornarse familiar y quizás necesario. Te aceché con frenesí y con ese esquizofrénico ademán de depredador piadoso, así como el lobo iracundo intenta abordar y devorar mordida a mordida a la versión más sucia de la caperucita. Te rogaba caricias, mordidas y otros gestos poco decorosos, los mismos que nos quemaron y que terminaron por extirpar ese festival veraniego de hormonas en ebullición, las mismas sensaciones que el cazador del bosque reprimió a la fuerza y que, después de mil intentos, el lobo logró liberar.
Ambos lo sabíamos: la caperucita debía arrancar de las garras inimitables del lobo, quién solo se quedo, con parte de su cabellera larga y sedosa, sediento de exhumar culpas y deseos.
La despedida no fue menor; quiero volver a ti, volver a ser una desencadenada criatura, volver a ser nosotros, al vicio retorcido de tu cuerpo, a jugar otra vez al lobo y a la caperuza del color que sea. No me niego a compartir tu carne con otro animalejo, porque quiero que me des la posibilidad de romper otra vez los mismos grilletes (que ahora están en mis brazos y piernas) y que me amarran a la odiosa idea de querer tu piel para mí, para vestirme con ella cuando la noche se tienda en el bosque. Quizás es mi mente retorcida la que me juega sucio y me hace bromas cada vez que erro en mis conclusiones sobre ti y tus verdaderas intenciones, lo que te rodea y todos los malditos olores y sonidos que me recuerdan esa libertad exacerbada en juventud anárquica. No quiero creer que juegas al mismo castigo placentero con otro esbirro y que él te muerda el cuello así como yo lo supe hacer. Cada día que pasa, tú te deshaces más de mis pelos y mi aroma sin siquiera darte cuenta, maldita suripanta. Todo se vuelve efímero y a la vez eterno. Esa misma eternidad que me hiciste sentir cuando tus flores se grabaron en mis ventosas garras hace ya un tiempo.
A fin de cuentas, todos sabemos que si la caperucita se arrancó de su trágico destino fue por el innegable hecho de que no quería aprender su lección y tomó el camino más corto posible para no volver a caer en los susurros de una voz ronca y putrefacta.
Y esta vez, reprimirá el ineludible pavor que traen las sorpresas y volverá a tomar su ruta prima para no encontrarse con el Lobo. Mas siempre el Lobo sabe algo más del bosque que ella, y encontrará en base a atajos la forma de encontrar y desgarrar salvajemente la tranquilidad de la jovencita, pues ya no teme del cazador ni de sus cuchillas, sea quien sea quien la lleve al final del camino.
«Historias inexistentes para hombres prescindibles»
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