lunes, 23 de junio de 2014

60 minutos de viaje sentado

Santiago se llenó de neblina y frías corrientes de aire, como si hubiese adivinado la resolución de mi súbita condición durante las jornadas extensas de labores cotidianas. No hay nadie en las frías aceras de la ciudad, sólo yo y un ego alimentado por músicas que traspasan las barreras de lo correcto y lo aceptable dentro de los actuares posibles de un ser humano que, día a día, trata de evitar el descontrol.
Llegué a tu recamara, cabalgando triunfante como la muerte, sobre un hipogrifo liberado de su encarcelamiento en la más alta mazmorra de la civilización humana, armado con un sable de fuego que salía de mi boca, una espada tan afilada que podría rebanar hasta el alma más pura sobre la tierra.
Ya no habían lienzos, ni caballeros medievales y menos aún algún indicio del cuadro que alguna vez pinté con la pluma que de mi tráquea había surgido.
Quemar, quemar, quemar todos y cada uno de los fantasmas que allí trataron de sobrevivir.
No quedó nada más que cenizas de una imagen que aprontaba el advenimiento de lo inevitable.
Ya no estabas allí, si es que alguna vez lo estuviste. Sólo quedo la coraza y la ánima que perecía en el seno de la armadura; la voz se eyectó hacia la luz, hacia lo formidable y lo efímero del universo, lanzándome un abrazo desde los rincones más perdidos de una dimensión donde todo podía ser probable, dimensión a la cual jamás podre ingresar si las auras del submundo se reniegan a que bautice aquel sitio como mío y proclame mi hegemonía sobre los espectros.
El hipogrifo en un gato romano se convirtió y me sugirió tomar el primer bus hacia mi destino, un viaje de 60 minutos que se convirtieron en una eternidad, mientras la música de lo incorrecto traspasaba las barreras de lo aceptado, volviéndose la ley más absoluta escrita alguna vez por el portador de la Luz.
Sólo estaba yo y mi espada de fuego, esperando encontrar el agua que calme mi sed, en un Santiago lleno de neblina y frías corrientes de aire

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