sábado, 31 de agosto de 2013

El Castillo

Una gélida tarde de invierno fue esa y sentía ruidos que lograban disipar sombras en medio de un monton de luces de la ciudad, o al menos me camuflan en ellas para pasar desapercibido. La conversación no era fluída, pero si istriónica y algo extravagante, más aun la gente que pasaba alrededor y que no entendía el cantar incontrolable del alma. Veía muchos automóviles, algunos donde manejan personas en solitario; vi nubes que sonríen al ritmo de los semáforos; escuché sirenas que anuncian la caída de otra alma dentro de muros llenos de colores opacos; era un mundo lleno de enarboladas situaciones que hacen que el día sea más especial del que ya pudiese ser.  Pareciese ser que era otro día más de incongruentes cuadros mezclados casi por estrellato, unos sobre otros queriendo decir algo.

Pretendí que el reloj avanzase, pero también preferí que se detenga un momento y que al menos me dejara pensar un mílisegundo en donde estaba de pié detenido .Una fría brisa apareció salvajemente en mi rostro, desató algo de incertidumbre e incluso escalofríos intraespásmicos, nada que no haya sentido antes pero que tampoco sugiere si podré sobrevivir otra vez a esta inequívoca sensación. Es como si todo lo que va sucediendo ya lo supiese pero no a modo de deja vu, si no más bien al que sé que puedo sostenerme en pié ahora y tengo los pensamientos tranquilos como para no caer en descontrol.

Tomé una de las ramas que el viento trae siempre consigo y me decidí a seguir caminando, dentro de una blanca nube de humo sulfurado, tan tóxico como el meditar y reflexionar mucho sobre aquella situación. Una puerta se abría y cerró rápidamente, es claro símbolo de que hoy no hay vuelta atrás.
Y ahi me encuentro nuevamente, caminando de la mano con una rama por un pasadizo profundo de desesperación entre vehiculos, personas y pensamientos inequívocos de lo acelerado de la vida en este lugar, ese bombardeo exasperante de necesidades que a veces son imposibles de satisfacer en su totalidad.
Un foco rojo intentó detenerme varias veces, como si me estuviese previniendo de algo que no logro entender en sus pestañeos. Una brisa cálida entre la ventisca también quiso decirme algo, mas no advertir que al parecer no iba caminando tan solo como creí que lo estaba haciendo. Aún así, sigo recto marchando, con un cigarillo de los baratos encendido, con la rama a mi lado y pensando en comprar una cerveza para serenizar lo inexplicable.

Llegué al poco tiempo a un gigantezco castillo rodeado de guardianes con trajes fosforescentes y unas armas algo arcaicas, como si fuesen verdaderamente de una época medieval.
Entre rejas y muchas puertas, divisé cuadros antiguos, baldosas bien cuidadas e incluso muros que no han sufrido el pasar de los años. La rama iba cambiando de aspecto en cada paso que daba; ya no era rugosa y tosca, como que se fue descascarando su corteza hasta que noté que se había transformado en una vara fresca, llena de juventud, verde como el pasto de primavera. De un momento a otro, me encontré en un calabozo en lo más profundo del castillo, casi rendido a la idea de tener que encerrarme el tiempo necesario como para entender el porqué estaba yo, un hombre sin muchas expectativas de la vida, más bien simple y serio, que intenta controlarse ante las imágenes que aparecen en su día a día, en ese súbito pero cálido recinto.

En la desesperación disimulada, una joven de aspecto cansado pero conforme se dirige a mi como si me conociese de antes, preguntandome si necesito algo más para poder estar ahí dentro. La verdad es que no podía pedirle que me abriera las puertas del castillo y que me prestase un corcél, pues algo me llamó profundamente a quedarme allí y le hice caso a mis instintos no tan instintivos de no preocuparme más y dedicarme a lo que tenía que descubrir en ese sitio. La joven se retiró pidiendome con su mirada que ya no disimulara y que controlase mi mente un momento.

Casi por arte de magia, un ardid no tan tramposo apareció frente a mi: la vara había tomado su forma más celestial: ya no era rama ni vara, sino una pluma que sólo podía escribir si centraba mis deseos más puros y naturales en cada parte de si. Divisé una gran hoja, un lienzo más bien claro y fino, como si fuese seda recien procesada. Al principio, me costó un poco entender el porqué debía estar ese lienzo allí y más aun me costó entender el porqué de mi estancia en ese cuarto y con esa pluma. Así fue como recordé que en la vida uno tiene muchísimos roles, incluso algunos que nos cuesta mucho asumirlos (como el de morir cuando ya hemos vivido lo suficiente).

Empecé entonces a escribir algo nervioso, descontrolado y con cierto pánico, en un estado cataléptico pues estaba pensando bastante en qué y cómo escribir. Dadaístamente, respiré profundo y recordé aquella luz entre luces que ví semanas atrás (tan cegadora como el flash de una cámara) que, por suerte, trajo algo de lucidez a mi mente en ese (y también en el inefable) momento que tenia delante.
Volví a coger la pluma y escribi inconscientemente una y otra vez la misma frase en diferentes idiomas, algunas lenguas muertas, algunas más actuales, algunas que inventé en el momento e incluso algunos idiomas que jamás creí que conocer. Así estuve muchísimo tiempo perdido en la inmensidad de lo que estaba haciendo cuando me tocó volver en sí y miré lo que estaba creando: era uno de los cuadros más inefables que pude  haber pintado alguna vez en mi vida, una creación única de magnánimas proporciones (en relación a mi pequeña estatura) que de verdad no estaba al nivel de lo que yo habia hecho antes; era como si alguien más hubiese tomado mi cuerpo y mente y hubiese dibujado todo lo que tenía que hacer en un abrir y cerrar de ojos y, por consecuencia, me superó con creces.
Me sentí congelado ante la magnificencia de lo que estaba presenciando. Entre todo lo que había escrito y pintado, las palabras mudas formaron dos círculos no tan pequeños, de un color similar al zafiro de agua: me atrevo a decir que era la forma abstracta de dos vientos helados gemelos que me hicieron respirar de una forma tan serena que sentí que no había estado viviendo por mucho tiempo y que estaba ahogandome en un pozo sin fondo. Apenas logré identificar bien la sensación, mi devoción al instante mismo fue inexorable y me decidí profundamente a no olvidar jamás esa imagen, por muy ilógica que haya sido dentro de mis sucesos cotidianos. Dejé la pluma a un lado, recorté con mis manos ese trozo del lienzo y en él enrollé mi cuerpo para no sentir más frío. No había sentido en  mi vida algo tan tibio hasta ese entonces. Entendí que el lienzo quiso decirme que, dentro de toda la jungla caótica de la vida (sobretodo en esta ciudad), siempre hay una brisa fría que logra abrigarnos y hacernos sentir inmediatamente que ya no hace más frio allá afuera.

Sentí que habia pasado sólo un instante desde que había entrado al castillo, pero por mi mente musical casi metronómica, adiviné que habian pasado algunas horas mientras estaba abrazado al trozo de lienzo.
Cogí la pluma y la enterré en lo más profundo de mi garganta, que no expulsó una sola gota de sangre y que tampoco sintió el dolor del golpe; el lienzo mayor lo puse sobre mis manos a modo de guantes; y el trozo que había recortado lo puse frente a mi rostro, que tras algunos parpadeos, se disolvió en mis ojos, como si quisiese quedarse para siempre pegado en mi retina.

Acomodé mis zapatos, até mi cabello algo descuidado y sentí que ya era hora de dejar ese lugar. El candado que estaba en la puerta había desaparecido y salí del calabozo, buscando a la joven que me hablo cuando habia llegado a mi encierro pero no tuve mucha suerte. Salí entonces por cuenta propia del castillo y la pluma que yacía en mi garganta se partió en dos y una parte bajó casi de manera instantánea a mi mano y volvió a ser la suave vara que había tenido. Volví a caminar por ese pasillo lleno de ruidos y personas y la vara ya era rama, pero tenía una forma distinta a la que tenía antes: salía de mis manos como si yo fuese el tronco de un árbol. En seguida, tomé mi chaqueta por mis hombros, la acomodé y recordé que la otra mitad de la pluma seguía estando en mi garganta.

Fue en ese entonces cuando descubrí lo valioso de todo lo sucedido: tenía 2 vientos helados reflejados en mis ojos que enseñaron a mis ojos a no petrificarse y mirar además con el corazón; tenía una rama que sirve de apoyo cuando esté cayendo o que me sirva de compañia; y tenía una pluma que solo escribe cuando hay pasión, la misma pasión con la que me puse a cantar como si ya nada importase cuando fui de regreso a casa. Así fué como sentí que recibí lo mejor de la vida, sobre todo cuando creemos estar equivocados y no nos atrevemos a hacer lo que creemos correcto: sentí que me regalaron el sol y que, aunque quizás no lo vuelva a ver, seguiré tumbado en mi cama hasta que vuelva a salir y sea el mismo sol el que llene de colores y luz mi vida, aunque sea por un par de horas.


«Historias inexistentes para hombres prescindibles», cap. I



1 comentario: