Con mi primer curso como profesor de música, fuimos de paseo a un Museo donde no sólo habia música sino muchas otras formas de expresión artística, culturales e intelectuales. Cuadros, fotografía, escultura, reducciones arquitectónicas e incluso pinturas que se relacionaban con la música, las matemáticas y la física.
No sé si lo estaban disfrutando tanto como yo pues, con total serenidad, les contaba la historia de algunas obras y de cómo se convirtieron en obras y no en "basura artística" intencionalmente. Recordé incluso la relación de Beethoven con la literatura y de ahí me fui sirviendo un poco de conceptos para interesar a estos diamantes en bruto.
Recuerdo que dentro de ese gigantezco hall había una escalera que unía los dos pasillos del nivel superior a una gran y majestuosa pasarela llena de brillo que dirigía al piso inferior. Detras de unos pilares, apareció un sueño frente a mí, una ilusión que creí que no existía más pues nunca más nadie de mi círculo interior volvió a saber de ella.
No se cómo, ni porqué, pero ahí estabas, mirando el decorado del salón como solías mirar las partes traseras de los libros -antes de comprarlos o leerlos- y las fotografías que te tomabas con tu antigua cámara fotográfica. La misma mirada de complicidad intelectual que tenías cuando revisabamos los informes del otro, hace ya muchos años atrás.
Para mi suerte, había una ayudante trabajando conmigo e inmediatamente le pedi que se hiciera cargo del curso por el museo por una emergencia de último minuto que me iba a impedir seguir con ellos, acto bastante irresponsable de mi parte, ¡pero que diablos! Estabas tu ahí.
Me acerque asustado a tu lado y comencé a leer -con voz firme pero temblorosa- el afiche que estabas leyendo en aquél pilar:
"El duende que me escribe
las novelas"
Funciones desde el 28 de Septiembre y hasta el 18 de Octubre.
Lo primero que pensé es que me ibas a esquivar como lo hiciste desde la última vez que leimos o cantamos juntos; esquivar mis disculpas que tratan de demostrarte que cometí un error y que siempre quise remediarlo, incluso hasta hoy, ese mismo error que ha hecho una imagen abominable de lo poco que he podido existir en este lugar.
Curiosamente, y al igual que la última vez que te ví, me preguntaste que porque no te había saludado antes. Y así como te respondí esa pregunta, te respondí todo lo que una fluída conversación de amigos que no se ven desde hace años pueda requerir. Incluso recordé a nuestros padres y de cómo me retaban por llegar tan tarde un día de semana siendo tan pequeño aún.
Pero ya no era un estupido chiquillo, así que te invité un café en un local que estaba unas cuadras más hacia el centro de la ciudad.
Recordé las canciones de la radio, las nubes que se veían por tu ventana, las enredaderas que estaban en el jardín y los envases plásticos de los dulces que solías compartir conmigo -los que creo que aun conservo- asi como nuestras conversaciones mientras esperaba el trén. Cómo iba a olvidar cuando querías lanzarte a las vías por algo que ahora ambos sabemos que fue una estupidez típica de jovenes, y que por suerte estuve yo ahí para contenerte.
Me contaste tu vida y todo lo que había sucedido desde la última vez que pudiste conversar conmigo sin espantarte, todo lo bueno y lo malo, lo divertido y lo triste; hablaste de tus viajes mientras yo te contaba que aún le tengo miedo a los aviones. Me sonreíste al saber que ahora puedo tocar algo de piano sin mirar el teclado y que canto algo mejor que antes, pero sin dejar de pasar la oportunidad para decirme que cada vez puedo mejorar más.
Así mismo como contamos nuestras experiencias, no quise dejar pasar la oportunidad, y te conté porqué hice todo eso que me alejó de ti, casi tratando de excusarme por ser un imbécil contigo, pero pidiendo comprensión. Era necesario que supieras que me dolió tanto esa desagradable situación que nunca más volvi a reponerme del quiebre de nuestra amistad y que todos esos momentos llenos de soledad se volvieron experiencias de vida. Es imposible deshacerse del cariño de un día para otro, pero aún más imposible era no comprender el porqué de las cosas y ahí debo decir que es porque tenía que ser así tal cual sucedió todo.
Lo hice antes y aquella vez, siempre volveré a pedirte disculpas por todo lo malo que pude haberte causado y que nunca jamás en mi vida mi intención fue molestarte o dañarte. Yo también se que duelen los problemas y así, como me ha tocado ser feliz a traves de la ruta de la música, es ésta misma la que me ha ayudado a sobrevivir los grandes dolores que he tenido a través de mi vida; es un lienzo gigantezco e infinito donde desembocan mis ideas, mis penas, mis rabias y mis felicidades también; es mi opera magna tratando de hacerme creer que puedo hacer las cosas mejor en un futuro y no volver a actuar sin pensar otra vez.
Cuando me di cuenta que no había tocado mi café, que ya estaba frío y que el tiempo pareciese haberse congelado por unas horas, me dijiste que ya no hablaramos de eso, que era tiempo de perdonarnos y que esperabas que yo hubiese aprendido la lección. Tomaste mi mano y sólo pude decirte que no quería que aquella situación desagradable volviese a repetirse pero, casi como por arte de magia, sacaste un papel -algo amarillo por los años- donde te escribí que iba a esperar lo que fuese necesario para poder hacerte reír otra vez. Cerraste los ojos, y me pediste dejar todo atrás, olvidar todos los años perdidos y retomar lo que alguna vez pudo ser y no fue.
Un hombre anticuado en algunas cosas -como yo- no sabría que decir ni que hacer. Miré mi presente en una milésima de segundo y, a pesar de tener en mis ojos a mis hijos y a mi compañera, no dudé en que quería un sucedáneo de feliz pasado en mi ahora, contigo
En el local donde estabamos, sonó la cancion de los relojes que tanto te gustaba y el sol radiante nos obligó a salir corriendo de ese lugar sin un rumbo claro. El césped nos invitó a sentarnos y creí haber recobrado el aliento desde la ultima palabra que te habia dicho.
Ya era tarde, no habia algún punto de retorno en ese lugar ni en ese momento, sólo pude quedarme en un gran silencio de redondas mirandote a los ojos sin dejar de tomarte las manos.
Un abrazo bastó para atravesar esa coraza de titanio que he tenido desde pequeño, esa coraza que tu habias dejado con un candado que sólo tú eras capaz de abrir completamente. Sentí como todos los años que habían pasado se hacían solo un par de horas, un sueño del que tenía que despertar en algun momento y despedirme de lo que habia construido sobre la arena.
Otra vez, eramos tu y yo, actuándo como los mismos jóvenes que discutieron y nunca mas volvieron a verse, sólo que esta vez tomamos los pasos correctos. Y antes de que pudiera decirte que sería capaz de esperarte otra vida más, lo leíste de mis ojos quebradizos, me besaste y me pediste que te siguiera esperando hasta que el tiempo y el universo decida que hacer de tu vida con la mía. Respiraste profundo, me pediste un ultimo beso, olvidamos donde estabamos y no podía desprenderme de ti.
Ahí recordé todo lo que tenía en mi vida, y aunque eso no me detuvo, sólo pude volver a ser tuyo, como siempre lo he sido y seré. Te dije que siempre te iba a amar pasara lo que pasara y ahora si pude decirte que te esperaré lo que fuese necesario, incluso si tengo que hacerlo toda la vida, otra vez.
Tome tus delgadas manos, te dije que estaba orgulloso de ti tanto como las personas que te han acompañado en tu largo camino y, con el gran dolor que nos dejan las cosas inconclusas, esta vez sí fui capaz de abrir los ojos y descubrir que siempre serás parte de mis sueños, en esa gran biblioteca con forma de museo que llamamos
memoria. O al menos, hasta que mis días como humano mortal en este pedazo de cielo sigan creyendo que estoy viviendo.