Hay un plato frío de comida servido en un restaurant, ese mismo al que sueles ir de vez en cuando... ¿Recuerdas que una vez dije que te llevaría a probar algo distinto? No lo creo, pues nunca apareciste y quizás ni debes recordarlo. Quizás tampoco recuerdes la comida que te preparé religiosamente como a ti te gustaba: liviana de sal, no caliente y con un huevo frito encima para que luego pudieras untarlo con una hogaza de pan crujiente en su cobertura. Yo la recuerdo, y creeme que cocinar aquel corriente platillo fue la sensación más cercana a estar en paz contigo.
No lo sé, siento que el tiempo distancia todo y la distancia mata la gracia, pero aún más terrible es que la gracia nunca existió en algo donde no habia ni distancia ni tiempo, sólo un espejismo de algo que nunca debió pasar y que si existiera en lo recóndito de vuestra mente te encargarías de extinguirlo tan rápido como la humanidad se ahoga entre guerras nucleares y hambruna.
Y aún así estoy allí donde busques, entre los escombros de la realidad que no puedes ver porque para tí no existe algo parecido sobre la tierra. Solo soy un hombrecillo mirando una gigantezca estatua del Siddhartha Gaudama , preguntandole por qué la vida es así y no otra, de otras costumbres y de otras personas.
Danzando en 3/4 sobre la palma de Buda con los ojos vendados y esperando a que Kali aparezca para castigarme, mientras recito oṁ krīṁ kālikāyai namaḥ tratando de buscar consuelo de ti.
¡Nada es real, nada!
Ni siquiera los ojos que con mi mente puedo recrear, mirandome las manos y accediendo a recostarte en una cama de clavos donde has dejado mi existencia putrefacta llena de perforaciones que no sangran.
Espero por ti, cada solsticio de invierno.
Y el invierno está por llegar nuevamente y con las sabanas vacías