sábado, 18 de marzo de 2017

No sabes como anhelo ser yo, vivir mi día a día sin penas ni tristezas que inunden templariamente a este corazón ahogado en la mas ofuscadas de las búsquedas de lo calmo y lo sereno.
La tragedia misma de no encontrar un sitio donde poder descansar, un lugar donde tomar un ligero respiro, mirar al cielo y creer que nada en la existencia misma de la vida podría derrumbar la desfigurada sonrisa con la que nací.
Nada de esto es lo que esperaba, espero y anhelaré cuando mi casco gris se apodere de mi rostro.
No soy yo el que quiere irse; son los lugares los que se encargan de deshacerse de mi. Pareciese que algo o alguien en ellos me repele, me acusan con susurros que ese no fue ni será mi sitio.
Nadie me explicó cual es mi sitio entonces, ese lugar tan enarbolado en placer y tranquilidad, al que solo unos pocos pueden aspirar y sólo porque la vida ha sido sensatos con ellos.
No hay sitios, no hay esperanzas, sólo un montón de barro esperando ser moldeado por los antiguos y renacer en la forma menos dolorosa posible.
Sólo soy yo, tratando de subsistir en un mundo corrompido por las elegías de la existencia y donde no hay voces más testarudas que aquellas que se niegan a entender porqué sigo aquí, vivo, pidiéndole al cosmos que sólo tome mi alma y la eleve tan alto que me olvide de donde traté de existir.

¿De qué sirven las convicciones si el mundo no puede verlas?